viernes, 21 de septiembre de 2018
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Qué ha cambiado en la economía tras la crisis
 
Qué ha cambiado en la economía tras la crisis
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07-may-18  Redacción Ekos   @revistaEkos
 
Pese a haber sido conjurada, diez años después la economía mundial aún arrastra los desequilibrios dejados por la crisis financiera internacional.
 
Muchos de los efectos que ha dejado la Gran Recesión quizá perduren durante bastante tiempo antes de ser plenamente corregidos, pero otros han transformado profundamente el teatro de la economía mundial y de forma especial el de los países desarrollados. “Ha habido una gran cantidad de cambios en los últimos diez años. La economía mundial no tiene la ayuda del comercio mundial ni de las ganancias de productividad. La normalización de la política monetaria sin una mejora en los fundamentos (comercio y productividad) no será la solución definitiva para marcar la vuelta de la normalidad”, señala a Forbes Aurelio García del Barrio, director del MBA con especialización en finanzas del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB).

“La crisis ha tenido un coste muy elevado para la economía mundial. Todavía no se ha recuperado el nivel de empleo anterior a ella y las desigualdades se han acrecentado. La crisis también ha dejado un legado de deuda pública y bajas tasas de inversión en la mayoría de países desarrollados. El lado positivo es que la regulación financiera se ha reforzado. Por otra parte, los países emergentes han ganado peso en el sistema multilateral, no solo por su contribución al crecimiento mundial. También han generado más confianza en sus políticas económicas, algo evidente en el caso de China”, afirma a Forbes Raymond Torres, director de Coyuntura y Economía Internacional de Funcas, un think tank.

Uno de los efectos más notorios y preocupantes de la crisis ha sido la desaceleración del comercio mundial, cuyo crecimiento antes de 2008 se movía en tasas del entorno del 7% anual (en volumen) y constituía un motor clave de impulso económico y de riqueza. Sin embargo, desde 2011 los intercambios comerciales internacionales crecen tres veces menos y no parece que su desaceleración vaya a invertirse en un horizonte temporal razonable. En el caso de Europa, el sector exterior tocó fondo en 2009 y desde entonces ha tenido una senda alcista de ligeros superávits comerciales. Según algunos economistas, las políticas presupuestarias de austeridad aplicadas en el área podrían estar detrás de la todavía débil actividad del sector exterior europeo. Philippe Waechter, economista jefe de la gestora de activos Natixis AM del grupo financiero y asegurador francés BPCE, atribuye a factores como la falta de solidez del crecimiento económico mundial, la débil tendencia subyacente en el comercio internacional y a los cambios que se están produciendo en el mismo la pobre evolución de los intercambios comerciales. “Los países desarrollados están haciendo una menor contribución [al comercio mundial] porque muestran un menor impulso industrial, lo que significa que se necesita encontrar nuevas fuentes que vuelvan a impulsar su actividad económica”, y pone como ejemplo la aparición de las startups como un saludable intento por renovar el tejido empresarial y crear nuevos jugadores que impulsen la competitividad y abran nuevas oportunidades de negocio.

Se echa en falta, en opinión de Waechter, una mayor contribución de las economías desarrolladas al impulso de la actividad industrial, elemento clave del comercio mundial, tras una década de atonía general que Asia ha sabido aprovechar hábilmente para promover su gran poder exportador. La cuestión es si las economías desarrolladas tienen una idea clara sobre las políticas necesarias para revitalizar el alicaído comercio internacional después de que en el último decenio hayan sido incapaces de hacer una contribución positiva al crecimiento de la actividad industrial, dejando un vacío que ha sido aprovechado en gran parte por Asia. Según datos de la CPB, una agencia de análisis de política económica dependiente del ministerio holandés de Economía, la producción industrial mundial creció un 21% entre 2008 y 2017, pero de ese avance solo un 3% correspondió a Estados Unidos, mientras que el 93% pertenecía a China (sin Japón). Por el contrario, la eurozona no experimentó ningún aumento, más bien una leve caída respecto a 2008.

La conclusión de esta pérdida de impulso de la industria manufacturera post crisis en las economías desarrolladas sugiere que esta fuente de crecimiento económico –y de productividad– está ahora ubicada en Asia, y parece que no se la espera en Estados Unidos ni en Europa. La aparición de posiciones proteccionistas, como las defendidas por el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, o los intentos de preservar de la competencia a sectores calificados de ‘estratégicos’, especialmente en Europa, donde se está viendo cómo Alemania trata de blindar su industria tecnológica de compras extranjeras (léase chinas), son un claro reflejo de la desconcertante actitud en que parecen moverse las economías desarrolladas.

“Por fortuna la crisis no provocó una reacción proteccionista (algo que sí ocurrió después de la Gran Crisis de 1929, con funestas consecuencias). El debilitamiento del comercio internacional registrado hasta 2016 se debe al menor crecimiento mundial o a factores ajenos a la crisis (maduración de las cadenas de valor, importancia de los servicios). Sin embargo, el discurso proteccionista ha resurgido últimamente, sobre todo en EE UU. Los populismos aprovechan el descontento generado por la crisis y la desigual recuperación”, añade Raymond Torres.

LA PRODUCCIÓN INDUSTRIAL MUNDIAL CRECIÓ UN 21% ENTRE 2008 Y 2017, PERO DE ESTE AVANCE SOLO UN 3% PROCEDÍA DE EE UU Y EL 93% DE CHINA

Las perspectivas del comercio internacional podrían además verse negativamente condicionadas por un posible cambio de sesgo de las políticas monetarias de los principales bancos centrales. “Anticipamos que la Reserva Federal en Estados Unidos continuará subiendo los tipos de interés a lo largo de 2018 y que el Banco Central Europeo acelerará la normalización de su política monetaria e iniciará la retirada progresiva de su programa de estímulos. Estos ajustes podrían provocar variaciones en los precios y los tipos de cambio, lo que a su vez alteraría la dinámica actual del comercio mundial”, según José Antonio Morilla, responsable de Global Transaction Banking (GTB) y de Trade Finance, de Deutsche Bank para España y Portugal.

Cae la productividad Otro de los males que está aquejando a las economías más ricas desde el inicio de la crisis financiera es el descenso de la productividad –es decir, los bienes y servicios producidos por trabajador/hora–. La comunidad académica ha escrito océanos de tinta sin ponerse de acuerdo sobre la supuesta contribución positiva de las nuevas tecnologías a las ganancias de productividad. Lo paradójico es que de ser un parámetro exhibido hasta la saciedad por las economías más competitivas como ejemplo virtuoso a seguir por los países rezagados, ahora se ha vuelto casi invisible como argumento diferenciador de aquellas. La tendencia de la productividad en los últimos años ha estado por debajo de la media histórica en casi todos los países desarrollados. En el conjunto de la OCDE, organización multilateral que agrupa a las principales economías, el promedio en los últimos años ha sido del 1% frente al 1,8% del último ciclo expansivo. “La caída de la productividad se ha debido, por una parte, a la debilidad de la demanda por la crisis financiera, y por otra, al [efecto estadístico del] incremento temporal que experimentó a finales de los 90. Estos fenómenos se combinan con la notoria transformación provocada por la digitalización de la economía, que ha inducido amplios ajustes, pero también costes”, añade Philippe Waechter.



Las economías occidentales parecen encontrarse en un punto muerto, incapaces de generar la riqueza necesaria que incremente las rentas y de financiar el sistema de bienestar. La situación previa a la crisis, cuando se podían financiar las políticas sociales y las pensiones de las generaciones futuras, parece tan lejana que probablemente habrá que ir acostumbrándose a recordarla con cierta nostalgia. Philippe Waechter se pregunta: “¿Cómo podemos financiar las pensiones de los que se jubilan si los salarios de los jóvenes que trabajan no volverán a crecer tan rápido por las escasas ganancias de productividad? ¿Qué incentivos pueden crearse para que los jóvenes trabajen duro?”.

“Las economías occidentales ya no pueden generar el excedente que se requiere para pagar mayores salarios y financiar también el sistema de seguridad social. La tendencia a la baja en las horas de trabajo y el aumento de los ingresos por hora impulsaron a las economías occidentales a generar un gran superávit, pero este escenario se ha evaporado. Ahora es mucho más difícil avanzar en el campo del progreso social”, añade García del Barrio.

Esta situación del mercado laboral ha alterado también la medición de las estadísticas del desempleo. Si bien las tasas de paro en casi todas las economías siguen descendiendo, muchos especialistas recuerdan el importante porcentaje de parados que se autoexcluyen del mercado por la imposibilidad de encontrar un empleo, haciendo bajar la tasa oficial de paro. “Un contratiempo común es que la caída del desempleo se debe a que la gente que abandona el mercado laboral supera el número de empleos que se crean. Estados Unidos es el único país de la OCDE en el que la tasa de participación [laboral] entre los más jóvenes ha caído desde 2000. Cayó en los primeros cinco años de la recuperación, ayudando a reducir el paro un 0,8% anual”, señala un reciente estudio del estadounidense Bank of America Merrill Lynch (BofAML).

NATIXIS DICE QUE “LA FALTA DE REVALORIZACIONES SALARIALES PERMITIÓ LA APLICACIÓN DE POLÍTICAS MONETARIAS NO CONVENCIONALES”

Otro fenómeno que se está constatando en las economías desarrolladas desde la crisis financiera es el descenso de los salarios, reflejo de la menor capacidad negociadora de los empleados, y que explicaría la falta de inflación salarial. Waechter destaca el caso de Estados Unidos donde la proporción de los bonus extraordinarios entre los empleados está creciendo en detrimento de los incrementos salariales. Las empresas prefieren este sistema para evitar impactos indeseados en su estructura de costes. “La falta de revalorizaciones salariales permitió la aplicación de políticas monetarias no convencionales”, señala Waechter, quien ve esta situación de bajos sueldos y reducción ficticia del paro como un “nuevo modelo de ajuste”.



TRUMP, BANDERA DEL PROTECCIONISMO

La reciente decisión del Presidente Donald Trump de proteger la producción nacional de acero y aluminio imponiendo tarifas arancelarias a las importaciones de esos productos de terceros países ha sido el penúltimo movimiento de la política proteccionista que abandera el mandatario estadounidense y que abre el riesgo de una guerra comercial por el país que ha predicado tradicionalmente la apertura de las fronteras comerciales. En el estilo que le caracteriza, Trump rectificó poco después del anuncio y excluyó a Canadá y México de la lista de países penalizados. Justificó su controvertida medida en que el creciente aumento de las importaciones suponía una amenaza a la seguridad nacional. Un día antes, el presidente estadounidense subrayó su determinación en defender con “todas las herramientas disponibles” los intereses nacionales de poderes “hostiles” como China y Rusia, para combatir prácticas desleales. “Los países que rechacen darnos un trato recíproco o que estén comprometidos con prácticas comerciales desleales encontrarán cómo defendemos nuestros intereses”, dijo el presidente en el Congreso.

Los nuevos aranceles encarecerán en un 25% las importaciones de acero y un 10% las de aluminio.

La iniciativa es electoralmente coherente con el discurso que Donald Trump mantuvo a lo largo de su campaña presidencial a la Casa Blanca, muy enfocado hacia la clase media empobrecida del país, y de manera especial a las víctimas del ‘cinturón herrumbroso’, ciudades deprimidas del área industrial del medio oeste que vivieron un espléndido pasado tras la Segunda Guerra Mundial y que ahora solo forman una numerosa comunidad de parados y subempleados que dirigen su frustración a la competencia exterior. Estados Unidos es el mayor importador mundial de acero y su primer proveedor extranjero es Canadá, con casi el 17% del total, y México (con el 9,4%) el cuarto. China, la bestia negra del equipo comercial de la Casa Blanca y de los sindicatos metalúrgicos, aparece en el décimo puesto, con casi el 3% de las importaciones, según datos de la consultora escocesa Wood Mackenzie. “Lo nuevo de la actual situación es que ahora Estados Unidos ha puesto como objetivo a países tradicionalmente socios, así que la lógica detrás de todo esto es problemática”, afi rma Philippe Waechter, economista jefe de la gestora de activos Natixis AM, del grupo fi nanciero y asegurador francés BPCE.

El temor a que se desate una guerra comercial con Europa y otras partes del mundo abre serios interrogantes sobre su posible alcance e intensidad y sus consecuencias sobre la inestable recuperación de la economía mundial. “Ahora, las graves consecuencias que la política arancelaria del presidente Donald Trump podría tener sobre la economía estadounidense, gravando el consumo, reduciendo la inversión y deteniendo el crecimiento, pueden suponer un incremento del riesgo de aparición de una nueva recesión en Estados Unidos para los próximos 12 meses”, señala Aurelio García del Barrio, Director del MBA con especialización en fi nanzas del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB).

Una deuda creciente Uno de los grandes desequilibrios generados durante la crisis ha sido el del creciente volumen de deuda privada y pública acumulado en la mayor parte de los países desarrollados, hasta situarse cerca de los máximos alcanzados en la Segunda Guerra Mundial. La eurozona acumulaba una deuda pública equivalente al 90% de su PIB de 2016. Estados como Italia, con una proporción superior al 130% de su PIB, Portugal (126%), España (99%) o Estados Unidos (105% del PIB de 2017) salieron de la crisis con una enorme carga financiera por su elevado endeudamiento, que llevará varios decenios reducir hasta niveles manejables. Lo mismo le ha sucedido al sector privado –familias y empresas– que durante los años previos a la crisis se sumergieron en un océano de deuda que ahora trata de reducir aceleradamente. Dada la delicada situación financiera de las familias y la caída de los salarios, algunos economistas creen que difícilmente puede crecer la demanda interna, a menos que se acuda a más deuda. “Pese a que las perspectivas a corto plazo son más favorables, a medio plazo existen riesgos para la sostenibilidad de la expansión económica. En primer lugar, los indicadores adelantados de tensión financiera señalan riesgos procedentes de los elevados niveles de deuda privada y [de los] precios de la vivienda en diversas economías que no estuvieron en el epicentro de la Gran Crisis Financiera (GCF). En segundo lugar, el fuerte endeudamiento de los hogares podría lastrar la demanda en algunos países, en especial si un alza de las tasas de interés encarece la carga del servicio de la deuda. En tercer lugar, el crecimiento persistentemente débil de la productividad y la abultada deuda empresarial podrían afectar a la inversión. Por último, el mayor sentimiento proteccionista podría perjudicar a pequeñas economías abiertas y avanzadas, así como a las emergentes”, añade García del Barrio.


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Artículo perteneciente a: Revista Ekos - May 2018
 
 
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