viernes, 15 de diciembre de 2017
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Nos Visitó: Antonio Acosta, Presidente del Directorio de Banco Pichincha
 
Nos Visitó: Antonio Acosta, Presidente del Directorio de Banco Pichincha
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07-jul-16  Redacción Ekos   @revistaEkos
 
Una anecdótica historia contada en primera persona por una de las personas más influyentes de la banca ecuatoriana. Descubra los aciertos y principales retos de Antonio Acosta en sus más de 40 años de recorrido empresarial. “Ahora estoy aquí, proyectándome y reinventando la banca tradicional”.
 
Mi historia como banquero es totalmente impensada y la demis antecesores también. Empieza el siglo XIX cuando mi abuelo, el Doctor Acosta viaja a Quito a estudiar Derecho en la Universidad Central del Ecuador. De clase media y de origen carchense, el Doctor Acosta decide radicarse en la capital y tras graduarse de Doctor en Jurisprudencia inicia como Secretario de Monseñor Federico González Suárez y luego como Gerente en la Compañía de Abastos Comercial y Préstamos, que luego se convertiría en el Banco de Abastos. Y es allí donde comienza la historia del Doctor Alberto Acosta Soberón, el primero de los Acosta en asumir la Gerencia del Banco Pichincha. 

Fue en 1927 cuando el primer Gerente de la entidad, Carlos Pérez Quiñónes presenta su renuncia, luego de estar en la organización dos décadas, desde 1907. Así es que la Junta del Banco busca un reemplazo. Cómo ubicaron a mi abuelo no lo sé (esa parte de la historia desconozco). Seguramente alguien refirió al joven Acosta Soberón.

Sin ninguna participación accionaria en la entidad, el Doctor Acosta se incorpora al Banco en 1927 como Gerente General, mismo año en el que nace el Banco Central, organismo encargado de la emisión de la moneda nacional después de que la denominada Misión Kemmerer pasó por el país para evaluar las finanzas de la economía nacional. Tras los estudios y la investigación realizada, el Banco Pichincha sobrevivió al dictamen de dicha misión pero, a partir de entonces, dejó de ser Banco emisor. 

El Doctor Acosta recibe una administración sólida y con ella se queda hasta 1972. No solo fortaleció las labores del Sr. Quiñónes sino que innovó con las suyas. Una de sus primeras gestiones fue adquirir e implementar la nueva casa Matriz del Banco en la Plaza Grande en Quito (la plaza mayor), y luego abrir una primera sucursal en Quito, en la avenida 10 de agosto.

Posteriormente, hace lo mismo en Ibarra y, después, en Latacunga. Decidido, da un salto a la Costa y aunque las comunicaciones eran muy complejas, apertura oficinas en Quevedo y luego en Manabí (solo hasta 1972, la entidad abre sus puertas en Guayaquil).

Con 44 años en la Gerencia General de la entidad (la Gerencia más larga en la vida del Banco), mi abuelo se retira del Banco obligado. En la dictadura militar de Rodríguez Lara se forzó a que funcionarios con más de 40 años de aportaciones se jubilen obligatoriamente. A la salida del Dr. Acosta el Banco Pichincha no era el más grande del país, pero sí el más respetado.

Para la fecha, mi padre ya era el Subgerente General del Banco y lo nombran Gerente General. Jaime Acosta Velasco, el tercero de 8 hermanos, era apenas estudiante de la Facultad de Derecho cuando ingresa al Banco Pichincha como ayudante de caja. 

Allí, en 1936, estaba el hombre, iniciando una carrera completa hasta convertirse en el tercer Gerente General en la historia de la entidad, con 60 años de reconocida e impecable labor que impulsó al Banco a un liderazgo indiscutible dentro del sistema financiero nacional. 

Y mientras mi padre se convertía en el “dueño y señor del Banco”, sin tener tampoco ninguna acción ó título de propiedad, yo culmino una carrera universitaria como Técnico de Sistemas en el Instituto de Computación de México, y es en 1974 que el Presidente del Directorio del Banco, Don Gonzalo Mantilla Mata, me invita a incorporarme al Banco para que instale un primer computador que ya habían adquirido meses antes pero sin saber ni entender cómo hacerle funcionar.

Y así fue. En 1974 me senté en el Banco como Gerente de Sistemas siendo yo lo único que tenía esta nueva área; sin embargo, junto a un pequeño grupo de colaboradores, que debí capacitar en estos menesteres, meses más tarde arrancamos con un pequeño centro de cómputo en el edificio de la Plaza Grande: El Palomar, donde comenzamos con la automatización del Banco. Durante este período, en representación de la Asociación de Bancos Privados del Ecuador, fui Presidente del Centro Latinoamericano de Automatización Bancaria (CLAB), organismo adscrito a la Federación Latinoamericana de Bancos.

Interesante experiencia que me permitió conocer e incorporar la más avanzada tecnología bancaria de esa época a nuestra Institución. En modernizar las operaciones del Banco andaba entretenido, hasta que un buen día Gonzalo Mantilla Mata, Gonzalo Correa Escobar, y Carlos Ponce Martínez, tres de los siete directivos de la entidad, van a verme al centro de cómputo del Banco. ”Y ahora, qué hice”, fue lo primero que pensé.

“Mira -dijeron- tu papá está muy solo, ya tiene sus años y necesita apoyo. Queremos que dejes esto, y que acompañes a tu papá en la administración”. Pero si nunca he pisado el hall de clientes, pensé. “Yo no sé de banca. Puedo hablar de algunos temas operativos, pero nada más”. Sin más remedio fui a ver a mi papá, quien solo me dijo hacer lo que yo considerase. Así que encargué mi puesto insistiendo que solo es encargado porque seguramente regresaría una vez comprobada mi incompetencia bancaria. 

Sin imaginar lo que ocurriría, en 1984, 10 años después de mi entrada al Banco, me senté allí, al lado de mi padre. Al poco tiempo ya estaba totalmente enganchado y abandoné de manera oficial mi cargo como Gerente de Sistemas. Dejé de ser el hombre de sistemas y un año más tarde me nombraron Subgerente General. Consideré impropio ese nombramiento porque había gente dentro del Banco que lo merecía más que yo, pero acepté el reto honrado y con absoluta conciencia del compromiso adquirido.

Fue durante el período de Subgerente General que tuve el honor, bajo el paraguas de mi padre, de representar a la Asociación de Bancos ante la Junta Monetaria de esa época, y fue allí, donde aprendí también de política económica pública, su importancia y la obligación de manejarla con absoluta transparencia e independencia de los intereses político partidistas. 

Ya en 1996 mi padre decide retirarse; 60 años después de su ingreso. Lo acompañé a entregar su renuncia al Doctor Fidel Egas. “Mire Don Jaime, usted ha estado aquí 60 años; ésta es su casa y nadie puede renunciar a su hogar”, le respondió Egas. Papá continuó en sus funciones un poco tiempo más pero, con casi 80 años y enfermo, se retiró finalmente. Cuando esto ocurrió, regresé donde Fidel y dije: “yo fui nombrado para acompañar a papá en sus últimos años como Gerente por tanto, ya sin él, dejo en tus manos mi nombramiento de Subgerente General”. Quédate tranquilo, dijo Egas, y nunca olvides que eres un Acosta. 

Con eso dijo todo, entendí muy bien el mensaje y el reto, y aunque aún distaba mucho de ese extraordinario talante de banqueros que habían logrado mi abuelo y mi padre, acepté. Me nombraron Gerente General, el cuarto en la historia del Banco Pichincha. Gracias a Fidel Egas y a los miles de leales colaboradores, logramos proyectar al Pichincha no solo como la entidad financiera más grande del país, sino como una importante entidad de capital ecuatoriano en el ámbito financiero internacional.

Ya como Gerente General, a fines del siglo pasado fui nombrado Presidente de la Asociación de Bancos Privados del Ecuador y, sin pensarlo, debí afrontar desde esa posición la terrible crisis bancaria del período 1999 – 2000. Sin duda fue la lección más importante en mi carrera profesional. 

Por un lado, pude -con mucho pesar- comprobar los manejos indebidos e inmorales de varios colegas que abusaron de la confianza de sus clientes en beneficio personal y le causaron un severo daño a la sociedad y a la credibilidad del sistema. Por supuesto que ellos me acusaron de traidor por no haberlos defendido y, supuestamente, no haberlo hecho para favorecer la permanencia exclusiva del Pichincha, pero la opinión pública y la justicia ya juzgaron los hechos y la sociedad identificó bien quién era quién. 

Por otro lado, pude comprobar también la actitud seria y responsable de muchos otros colegas que actuaron siempre en apego a la ley, a las buenas prácticas, y sobre principios éticos y morales muy sólidos. Es dentro de ese grupo en el que siempre nos hemos ubicado los funcionarios del Pichincha y puedo dar fe de que propios y ajenos conformamos un grupo de profesionales que ejercemos, con absoluta responsabilidad, la sagrada misión de banqueros depositarios de la confianza pública y plenamente conscientes del compromiso ante la colectividad.

40 años después de mi ingreso, y muy lejos de ostentar su propiedad, expresé a Fidel mi intención de salir del Banco, convencido de que se impone un relevo generacional para enfrentar el fascinante futuro institucional, y fue entonces que ocurrió un hecho inesperado para mí en aquella Junta General ordinaria de abril de 2015: “No, no, el que se va soy yo” mencionó el Doctor Egas, ante el asombro de todo el conglomerado de accionistas y, en un gesto de extraordinaria confianza y generosidad, me nombró Presidente del Banco Pichincha, con todas las obligaciones y responsabilidades que los Estatutos asignan a la más alta autoridad quien preside, además, la Junta Directiva de la Institución.

Fernando Pozo Crespo es ahora el quinto Gerente General de esta institución bancaria que ya ha cumplido 110 años de servicio y apoyo a la sociedad ecuatoriana. Esta es la historia. Sin haberla pensado ni preparado. “Desde El Palomar, y sin haber estudiado para banquero, aquí estoy, luchando para merecer el honor de serlo, proyectándome, y buscando reinventar la banca tradicional y sin olvidar que, sin haber sido sus dueños, los Acosta seguimos manejando este gran Banco desde 1927 como propio pero sin lucrar de sus utilidades, y tratando a todos sus clientes como a verdaderos amigos: en las buenas y en las malas".

 
 
      
 
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Artículo perteneciente a: Revista Ekos - Jul 2016
 
 
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