Por: José Saha, Socio Ejecutivo de Readiness Global Si bien la creatividad es una competencia clave, esta se confirma como “innovación” desde el momento en el que su producto (la idea) aporta a incrementar la competitividad. Idear es solo una parte del proceso innovador. El siguiente paso, imprescindible, es materializar lo ideado, implementarlo y, según el caso, comercializarlo. Entonces, innovar significa haber logrado llevar a la práctica de manera exitosa y sostenible aquello que se ha imaginado. ➤ Ver también: Qué es el "design thinking" y cómo puede ayudarte a potenciar tu creatividad Las características que distinguen a una organización innovadora se observan a primera vista, en una dinámica interna que alienta de punta a punta el flujo de ideación, prueba/error y puesta en marcha de lo nuevo. Esto no es posible cuando el foco cultural de la empresa se orienta exclusivamente hacia el control de procesos, ya que esa lógica desalienta toda posibilidad de exploración de nuevos enfoques por el temor a la equivocación. Tengamos en cuenta que la gestación de lo nuevo muchas veces requiere de varios ciclos de prueba y error, hecho que no solo debe ser apoyado por los líderes, sino incluso incentivado y valorado como parte de la búsqueda de desarrollo personal y profesional, y un paso importante dentro del proceso de aprendizaje organizacional. Para llevar este ideal a la práctica, debemos construir una coherencia interna que alinee el negocio, la cultura, la infraestructura organizacional, los procesos y el talento, y los integre en un ámbito de trabajo que facilite la generación de ideas e impulse a los intrapreneurs a ponerlas en marcha.