Llevado a sus grupos de interés, establecen una creación de valor integral, que aporte a cada uno de ellos sin perjuicio de los demás. Se trata de una arquitectura de equilibrio, en la cual prima el bien colectivo. Desde una operación rentable, se trabaja en el compromiso de los colaboradores, la confianza de los clientes, la capacidad de la cadena de suministro, el bienestar de las comunidades y una visión accionarial alejada de la maximización de los dividendos, propia de enfoques de participación cortoplacista. Las compañías parten del trabajo sobre sus impactos a posteriori, ya sea maximizar los positivos, por ejemplo: acceso a servicios financieros, o mitigar los negativos, como la reducción del consumo de agua. La evolución se produce cuando se trabaja desde la propia concepción del modelo de negocio, desde el diseño del producto o servicio. Para saber en que punto se encuentra la compañía, podemos evaluar cuán presentes están los criterios sociales y ambientales en la toma de decisiones de la alta dirección y del resto de áreas de la organización, más allá del círculo de confianza de los responsables de sostenibilidad. Herramientas para medir los avances Si queremos monitorear los avances, tenemos herramientas específicas por tema (dentro del amplio abanico de la sostenibilidad) y por grupo de interés destinatario, entre las que se pueden destacar: Evaluaciones de clima laboral Evaluaciones de reputación otorgada por los consumidores Evaluación ASG de inversionistas institucionales y calificadores, por ejemplo: CSA de S&P). Entre otras que se caracterizan por metodologías de terceros. Sin perjuicio de los anteriores, la compañía puede partir por esquemas propios, es decir, por estructurar su trabajo en sostenibilidad en una estrategia dotada de indicadores, para los que establezca objetivos anuales. De esta manera podrá evaluar el grado de avance, involucrando a los diferentes equipos, y rendir cuentas interna y externamente.