El domingo pasado, por unos cuantos minutos, hubo 16 seres humanos en el espacio exterior: seis astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional y cuatro más en la cápsula Tiangong de China. El aumento en la densidad se dio por cuenta de la pequeña nave en la que el empresario británico Richard Branson, de 70 años, y otros cinco civiles más lograron alcanzar por primera vez 86 kilómetros de altura, un punto considerado el límite entre la atmósfera terrestre y el espacio. La nave, bautizada con el nombre VSS Unity, se desprendió del VMS Eve, el avión de doble fuselaje que la sostenía. Al hacerlo prendió sus turbinas, alcanzó la velocidad de casi mach 2 (dos veces la del sonido) y llegó a su destino, desde donde los tripulantes pudieron ver la curvatura de la Tierra y sentir la gravidez cero durante no más de cuatro minutos. Lo más importante, la misma nave los trajo de regreso a la Tierra sanos y salvos. “Es un sueño hecho realidad”, dijo el magnate conmocionado, quien fundó Virgin Galactic en 2004 para ver el sueño convertido en realidad. ➤ Ver también: Dinámica de la industria de la construcción: situación actual y proyecciones 2021 Este hecho, que se ha considerado un hito y que aumentó la densidad poblacional del espacio, seguirá sucediendo en el futuro próximo. Este 20 de julio, la nave New Shepard, de Jeff Bezos, dueño de Amazon, hará algo muy similar, pero impulsada por un cohete más tradicional que será lanzado de manera vertical desde Nevada. El cohete retornará a la Tierra, como lo hacen ya rutinariamente los de Space X, la compañía espacial de Elon Musk, otro de los billonarios interesados en esta nueva carrera espacial; mientras que la cápsula en la que viajarán Bezos y otros tres tripulantes (entre ellos su hermano Mark) alcanzará la línea Karman, una frontera imaginaria ubicada a 100 kilómetros de la superficie terrestre. Luego de cuatro minutos en el espacio, la nave descenderá con la ayuda de un paracaídas. A ellos se les unirá después Jared Isaacman, un millonario de 38 años que arrendó un vuelo a SpaceX, en el que viajará acompañado de otros tres entusiastas del espacio: el profesor Sian Proctor, de 51 años, y Christopher Sembroski, de 41, quien trabaja para la firma de aviación Lockheed Martin. La tercera viajera es Hayley Arceneaux, una sobreviviente de cáncer de St. Jude Hospital, institución sin ánimo de lucro para la cual Isaacman donará el dinero de esta misión. Los cuatro partirán en esa aventura en septiembre 15 y darán una vuelta de tres días a la órbita de la Tierra a una altitud de 539,1 kilómetros, 128 kilómetros más alto que la de la Estación Espacial Internacional. Lo anterior, sin la presencia de un astronauta profesional de la NASA u otra agencia espacial. Que los miembros del club de los más ricos del mundo estén poniendo en riesgo su propio pellejo al viajar a bordo de los cohetes donde están haciendo sus millonarias inversiones lo dice todo: la era del turismo espacial, en la que los viajes rutinarios al espacio estarán también disponibles para los ciudadanos y no solo para astronautas profesionales, ha comenzado. De hecho, al día siguiente de la hazaña, Virgin Galactic reveló que iniciará su operación en 2022. Ya cuenta con 600 reservaciones en 60 países, una de las cuales es del propio Elon Musk. No se sabe cuál será el precio exacto de cada tiquete. En el pasado, Branson los vendió a 200.000 dólares y luego a 250.000. Pero a raíz de un accidente en la prueba del vehículo en 2014, en el que falleció uno de los pilotos, las ventas se cancelaron. Es de esperarse que cuando reanuden los tiquetes cuesten un poco más de eso. El tiquete de Branson, paradójicamente, es el más barato en el mercado. En Houston, tres de las personas que viajarán en septiembre pagaron USD 55 millones cada una para volar en la nave de SpaceX. Y uno de los pasajeros que se unirá a Bezos en su aventura canceló USD 28 millones para ir en el New Shepard. Hasta ahora, los directivos de Amazon no se han comprometido con cifra alguna para el público, pero todos esperan que sea parecido a lo que cobra Branson. Aun así, los precios son astronómicos, y con eso la idea de democratizar la aviación civil al espacio será difícil de lograr. Por eso, los planes de Virgin Galactic consisten en crear una demanda tal que permita bajar los costos de la operación. Para ello piensan lanzar al menos un vuelo al día, lo que implica que el número de naves tendrá que aumentar para que haya una o dos en diferentes campos de aterrizaje del mundo. Fuente: Semana