“Me llamo Eunice, tengo 82 años y hace poco dejé mi antigua casa para mudarme a un departamento pequeño, de una sola planta. Después de toda una vida en un espacio grande, buscaba un lugar más cómodo, fácil de mantener y seguro. Lo que más me sorprendió fue descubrir que este nuevo hogar ya estaba dotado de tecnología domótica: ahora puedo controlar las luces y muchos de mis aparatos eléctricos desde un solo lugar, sin tener que caminar por todo mi hogar. Las cerraduras inteligentes me dan la tranquilidad de saber que nunca olvidaré la puerta abierta y que solo yo decido quién entra. Además, cuando me levanto de madrugada, las luces del pasillo se encienden suavemente con mis pasos; en la cocina, un sistema corta el gas si olvido cerrarlo; y, si llegara a caerme, sensores activan una alerta inmediata. Al principio pensé que era “demasiada tecnología” para mí, pero pronto descubrí que se trataba de un aliado silencioso que me permite envejecer con autonomía y tranquilidad.” También te puede interesar: IoT en la construcción: datos inteligentes para proyectos eficientes y usuarios satisfechos La historia de Eunice refleja un cambio de paradigma. La domótica, antes vista como un lujo, hoy es una herramienta para la inclusión social y la calidad de vida. Sus aplicaciones van mucho más allá del confort: encienden luces para evitar caídas, controlan persianas para facilitar la ventilación natural, alertan sobre fugas de gas o humo, y permiten comunicarse fácilmente en caso de emergencia. Con el apoyo de la inteligencia artificial y el Internet de las Cosas (IoT), los hogares inteligentes no solo reaccionan a eventos, sino que también aprenden de los hábitos de sus ocupantes, anticipando riesgos y apoyando la prevención en salud y seguridad. Accesibilidad para todos En el caso de los adultos mayores, esta tecnología puede marcar la diferencia entre depender de un cuidador constante y mantener la independencia en su propio hogar. Con cerraduras digitales, termostatos que regulan automáticamente la temperatura para evitar cambios bruscos, recordatorios de medicación por voz o en pantallas, sensores de movimiento en pasillos y escaleras, cámaras en áreas comunes que se activan solo en caso de emergencia, y electrodomésticos conectados que pueden apagarse solos para prevenir accidentes. En conjunto, estas funciones crean un entorno adaptado a las necesidades de cada persona, garantizando seguridad sin renunciar a la autonomía. Para los nuevos constructores, esta tendencia representa un cambio estratégico en la oferta inmobiliaria. Incluir domótica desde el diseño de un edificio no solo aumenta su valor comercial, sino que responde a una necesidad social creciente: el envejecimiento poblacional. En Ecuador, el porcentaje de personas mayores de 65 años sigue en aumento, lo que exige viviendas pensadas para un futuro donde la accesibilidad y la seguridad sean prioridad. Proyectos que integren sensores inteligentes, cerraduras digitales, sistemas energéticamente eficientes, recordatorios automáticos y plataformas de conectividad no solo serán más atractivos en el mercado, sino que también contribuirán a construir ciudades inclusivas y resilientes. La domótica, entonces, no es solo comodidad. Es prevención, inclusión y dignidad. Un edificio que integra estas tecnologías no ofrece únicamente un hogar moderno: ofrece un espacio que cuida, acompaña y respeta. Y esa es la verdadera innovación que el sector de la construcción debe abrazar. Por: Agustín García Paz, SIERRAVISTA