Por: María Antonia Sánchez-Vallejo, Diario El País La sede de la casa de subastas Christie’s, en la milla de oro de Manhattan, es estos días un hervidero de visitantes. Se celebró una de las citas clave del mercado del arte, la temporada de otoño, y las primeras pujas con público desde la pandemia, si bien aún en formato híbrido, con postores en línea desde una treintena de países. Cientos de pinturas que muchos museos del mundo soñarían con atesorar se muestran al público, compuesto por una mezcla de curiosos, estudiantes, ejecutivos de impoluto traje y señoras bien con bolsos que no bajan de las cuatro cifras. Resulta difícil concentrar la vista en una sola obra: tal es la sobreestimulación artística —y el apabullante alarde de riqueza, con precios mareantes— que encierra el lugar. La pandemia, lejos de debilitar el mercado, parece haber incrementado el apetito exclusivo de belleza. Buena parte de los visitantes es consciente de que, de no ser por estas oportunidades, resultaría imposible contemplar obras cuya existencia discurre en paralelo a la de la vida pública de los museos: un retrato femenino y violeta de Picasso, o las figuras vaporosas y traviesas de Chagall que parecen mecerse en la corriente. Obras convertidas en envites de la especulación tras hornearse en la fortuna de magnates como Ed Cox, cuya colección fue rematada la semana pasada en Christie’s por USD 332 millones, o por desventuras de una pareja, como la colección Macklowe, en venta por el divorcio del magnate inmobiliario Harry Macklowe en 2018 y que, con solo 65 piezas, está valorada en más de USD 600 millones. La colección, la joya de la corona de Sotheby’s, es la más cara jamás rematada y se subastará en sendas pujas. Según fuentes de la firma, será la venta más importante desde 2015.