Es importante que sepamos que el concepto de emprendimiento va más allá de crear empresas, ya que designa la práctica de impulsar nuevas organizaciones, repotenciar organizaciones con varios años de camino e innovar creando nuevos negocios y proyectos, de acuerdo a la coyuntura o la oportunidad. Para esto se necesita creatividad, innovación planificación y una gestión disciplinada. El concepto emprendimiento es como un abanico, diverso de competencias y posibilidades, que van de la mano de los conocimientos, actitudes, habilidades, comportamientos y motivación. Sin embargo, muchas ideas brillantes, terminan quedándose en eso: una idea. El dilema es ¿cómo gestionar y fomentar proyectos emprendedores desde las universidades? En primer lugar, es importante que los sistemas formativos en general y, en este caso, los universitarios asuman un compromiso que incluya en sus pénsum, el desarrollo de competencias emprendedoras y creen las estructuras, las vías y los servicios de formación indispensables. El contexto actual, en el cual el país atraviesa una crisis económica, ha obligado a muchas personas a emprender a pequeña o gran escala. Y es evidente que lo necesario es dar un empuje adicional al tema del emprendimiento, dado lo debilitada que está la estructura económica del país. Pero hay algo que se debe tomar en cuenta: emprender no es solamente vender un producto o servicio o tener una buena idea para conseguir dinero. Sí, se necesita cierto nivel de competitividad, pues son los emprendedores quienes han de ayudar a crear el nuevo tejido empresarial que el país necesita. Aunque suene algo desalentador, dado que somos un país con una alta tasa de emprendimiento en la región, la formación en emprendimiento (en el sistema educativo regular) no ha pasado de ser, hasta ahora, un experimento. Con las excepciones, claro está, de algunas universidades y, por supuesto, las escuelas de negocio. Así que parece evidente que la formación empresarial no es la más adecuada para al emprendedor. Dicho esto, dirijámonos hacia las soluciones. En primer lugar, y ya que tocamos el tema de todo lo que engloba el emprendimiento, es necesario que desestigmatizar la visión que el profesorado y el alumnado tienen sobre el emprendimiento, asociada únicamente al mundo empresarial y abrir su ámbito de actuación al desarrollo de competencias emprendedoras como la innovación, la creatividad, el trabajo en equipo, la comunicación, el liderazgo, etc. Lo siguiente sería incluir el emprendimiento en los objetivos institucionales, en los ejes estratégicos o en los programas específicos, con un presupuesto exclusivo. El tema del emprendimiento debe ser parte de la formación del profesorado, lo cual hace necesario que éste también tenga formación o conocimientos básicos de emprendimiento, para que todo esté alineado. Un buen ejemplo de ello es EE.UU. Allí, la formación en emprendimiento data de principios de los 90. En ese país y su experiencia con el tema de la formación de emprendedores y la gestión de emprendimientos en las aulas universitarias, diferencian claramente esta formación de la empresarial para compañías consolidadas. La formación en gestión del emprendimiento o MBE (Master in Business Entrepreneurship) se centra en las características y herramientas específicas que el emprendedor de éxito debe conocer y saber manejar. Se forma para detectar oportunidades innovadoras de negocio, analizar su viabilidad, gestionar su desarrollo, buscar financiación, identificar al equipo promotor… en definitiva se forma para adquirir un mayor conocimiento de las diferentes casuísticas que pueden ayudar a tener éxito en el proyecto o, cuanto menos, que puedan impedir que no se alcance el éxito deseado. La mayoría de los programas formativos suelen completar el currículo emprendedor con aspectos más generales de gestión de la innovación, tecnologías de información, internacionalización de la empresa y/o temáticas específicas de determinados nichos de mercado: empresa sostenible, nuevas energías, turismo, redes sociales, personalización, etc. Y es lo correcto. Sin embargo, cualquiera de las alternativas, los programas deberían tener un trabajo final o la conclusión de un proyecto que incluya algo que sea lo más parecido a un plan de negocio (obviamente alineado al tema o la carrera que se sigue) que sea evaluado por expertos. Lo óptimo sería que el esfuerzo que conlleva armar un plan de negocio, redunde en la financiación del mismo, por parte de ángeles inversores, otro programa que las universidades deberían intentar implementar.Por _ Gabriel Rovayo, PhD