El salto y esta “transformación digital” a todo nivel, que se ha visto impulsada por la crisis mundial pandémica nos presenta tanto una amenaza, como una oportunidad. La tecnología tiene la capacidad extraordinaria de alejarnos de quienes están cerca y acercarnos a quienes están lejos. Es como la pólvora, que puede ser usada tanto para el bien como para el mal. Este salto y esta “transformación digital” a todo nivel, que se ha visto impulsada por la crisis mundial pandémica nos presenta tanto una amenaza, como una oportunidad. Esta dicotomía intrínseca de la tecnología puede amenazar nuestras relaciones personales y familiares, pero puede potenciar nuestra capacidad de crear redes a nivel mundial. En el contexto de esta pandemia, la tecnología ya no se trata simplemente de una herramienta, sino por el contrario, una necesidad para poder vivir y ha generado algunos beneficios indiscutibles para el desarrollo sostenible. Al haber pasado a una nueva dinámica de teletrabajo, se disminuyen y casi minimizan los traslados casa-oficina-casa, lo que reduce emisiones de CO2, contribuyendo así directamente a los ODS 11 (Ciudades y Comunidades Sostenibles) y 13 (Acción por el clima). El hecho de ya no requerir salir a la calle y tener eventos sociales y demás, ha hecho que muchos se cuestionen la real necesidad de sus consumos, contribuyendo así al ODS 12 (Consumo y Producción Responsables). Al tener la posibilidad de trabajar desde cualquier lugar, nos hemos conectado y generado o ampliado nuestras redes, contribuyendo así al ODS 17 (Alianzas para lograr los objetivos). También, hasta cierto punto, se ha democratizado la educación no formal (ODS 4 – Educación de calidad) y el acceso a la información con una proliferación exponencial de Webinar de los temas más variados y descuentos en cursos en línea. Sin embargo, aún quedan algunas preguntas por responder y algunos análisis que deben ser profundizados, pues esta pandemia, lejos de haber generado un avance en las metas de la Agenda 2030, ha aumentado las brechas de desigualdad y hace mucho más difícil retomar el camino de los Objetivos de Desarrollo Sostenible cuando en muchos casos, como en el de la educación, hemos retrocedido a índices de hace aproximadamente 30 años. Y en este punto, es fundamental considerar las desigualdades estructurales, que limitan de manera sistemática el acceso a la tecnología a los mismos grupos que han sido vulnerados y discriminados de manera histórica. Es decir, los beneficios que puede traer la transformación digital post Covid-19 al desarrollo sostenible, no necesariamente superan los desafíos que nos ha traído en todo ámbito y a todo nivel esta crisis mundial. Sin embargo, considero que el mayor beneficio que nos han generado tanto la pandemia como la nueva dinámica basada en la tecnología es habernos movido de nuestra zona de confort, para comenzar a preguntarnos si estamos viviendo en la realidad o en una realidad virtual maquillada por filtros, por motores de búsqueda y algoritmos de inteligencia artificial que solo nos muestran lo que queremos ver. Entonces: ¿cómo hacer la tecnología equitativa? ¿cómo dar acceso a todos? ¿cómo evitar sus peligros? ¿debería ser un derecho? ¿quizás un servicio básico? ¿democratizarla nos permitiría romper paradigmas como sociedad? ¿O simplemente tenerla y depender de ella nos ciega aún más y amplía aún más las brechas sociales, culturales, ambientales, políticas y económicas? “No le tengo miedo a las computadoras. Le tengo miedo a la falta de ellas” – Isaac Asimov (1920-1992)