Mis papás son de Pueblo Nuevo, una zona rural de Portoviejo, en la provincia de Manabí. Hace 26 años, cuando ellos tenían 18, dejaron su tierra para vivir en Venezuela y ahí nacimos mis hermanas y yo. Años después, regresamos a Ecuador, aunque yo no quería venir. Estaba familiarizada con la zona porque veníamos de vacaciones cada dos años. Sin embargo, cuando mis papás tomaron la decisión de regresar sentí que todo sería nuevo para mí y miles de pensamientos pasaron por mi cabeza. Estaba cursando mi séptimo semestre de la carrera de derecho y no quería abandonar la carrera. A mis padres les planteé la posibilidad de quedarme en Caracas hasta terminar mis estudios. Esa convicción cambió cuando un amigo mío murió en una protesta por una bomba de gas. En ese momento me dije: “hasta aquí llegué, me tengo que ir”. La vida en Venezuela era muy dura en el 2017. Aunque mi familia y yo teníamos para comer y cubrir nuestras necesidades, el peligro y la inseguridad nos acechaba. Vivíamos en un barrio vertical que nos había dado el gobierno. Sin embargo, vivir ahí se volvió peligroso. Siempre se escuchaban disparos y en alguna ocasión tuvimos que caminar al lado de unos cadáveres. Mi hermana menor, que en ese entonces tenía seis años, estaba traumatizada y, cuando escuchaba alguna detonación, se escondía debajo de la cama. Al tener la nacionalidad ecuatoriana, tuvimos ciertas ventajas al llegar, pero no estaba acostumbrada a vivir en el campo. Quería seguir estudiando, pero Pueblo Nuevo es un área rural donde no hay las comodidades de la ciudad, no posee aire acondicionado ni internet y, claro está, no hay universidades. Además, para continuar con los estudios debía aprobar el examen de ingreso, pero yo no tenía conocimiento sobre la historia de Ecuador y poco me acordaba de las matemáticas. Pasé de tener una vida muy activa a quedarme en casa. Antes estudiaba inglés, participaba en una orquesta y a veces trabajaba. En Pueblo Nuevo me molestaba el sonido de los gallos y de los pájaros porque no me dejaban dormir. Me enfermé por un derrame pleural y me hospitalizaron porque tenía líquido en mis pulmones. Había tocado fondo, pero, extrañamente, desde ahí todo fluyó. En medio de ese proceso llegó Plan International Ecuador y salí de la depresión por la que estaba atravesando. La organización estaba trabajando en algunos proyectos en mi comunidad y me dejaron participar en sus programas, aunque fuera extranjera y tuviera un par de años más de lo requerido. Yo estaba feliz, porque muchas personas nos habían discriminado por ser de un país incomprendido, del que han huído más de cinco millones de personas. En Plan International Ecuador conocí personas que me aceptaron por quien soy. Hice mi primer círculo de amigos en el país. En la red de reporteros comunitarios participé en mi primer programa periodístico, ahí aprendí a grabar y editar videos para generar contenido, a hablar frente a las cámaras y a locutar en radio. Descubrí que tengo la habilidad de la oratoria y que transmito de forma asertiva mi mensaje. Un día me invitaron a una radio en Portoviejo para contar lo que hacíamos los jóvenes de las áreas rurales y el periodista que me entrevistó quedó fascinado porque me desenvolví muy bien, al punto que me ofreció trabajar a tiempo parcial en ese medio de comunicación. Después de pensarlo, acepté. Parte de mi trabajo fue locutar y manejar los controles. También formo parte del Movimiento Por Ser Niña, que cambió mi forma de pensar en 180 grados. Comencé a entender el feminismo, la sororidad y conocí más sobre las desigualdades que enfrentan las mujeres. A inicios del 2022, participé en un proyecto desarrollado por Plan Reino Unido sobre Educación en Emergencias. Nuestro trabajo consiste en conocer las circunstancias que vive la niñez en Ecuador con respecto a entornos educativos inseguros y proponer soluciones a esas problemáticas. El proyecto cuenta con el apoyo de 22 delegados en las provincias en las que Plan International Ecuador trabaja. A finales de julio, viajé a París para participar en un evento juvenil de Educación en Emergencias desarrollado por la UNESCO. Ir a una organización como la Unesco a hablar de las cosas que más me apasionan es un orgullo que no me cabe en el cuerpo. Aunque aún extraño mi país, sé que migrar a Ecuador fue lo mejor que pude hacer. Ya no soy Wenddy, la chica tímida que tenía vergüenza hasta de preguntar cuánto costaban unos zapatos, ahora soy una mujer empoderada que está en sintonía con su comunidad y trabaja en pro de los derechos de los niños, niñas y adolescentes de las áreas rurales, porque estar en un área rural no debe ser sinónimo de desigualdad y abandono. Tras cinco años en Ecuador, me doy cuenta de que es un privilegio vivir rodeada de la naturaleza. Ahora no sé si regresaría a vivir a una gran ciudad. Ya no me molesta el canto de las aves ni de los gallos. Valoro la tranquilidad, ver las estrellas y llegar a mi casa y desconectarme del caos del mundo”.